Nuevo en la biblioteca: Una reserva, dos cosas que tienen que estar libres a la vez. Leer el artículo
yodai Academia Describir tu negocio

Academia Construir Describir tu negocio

El caso real que enseñas cuando ni la horquilla te sirve

Sabe sustituir una horquilla imposible por el encargo más típico de su agenda, contado con datos de factura y no con adjetivos.

7 min de lectura

Hay negocios donde ni siquiera una horquilla es honesta. Un carpintero que hace muebles a medida instala una balda flotante por 90 euros y, dos semanas después, monta un armario empotrado de tres metros por 3.800. Si en su web escribe «de 90 a 3.800 euros» no está dando una horquilla: está confesando que no sabe en qué grupo va a caer quien lo lea. El rango es tan ancho que espanta a quien solo quería la balda y no orienta en nada a quien necesita el armario.

Lo mismo le pasa a quien organiza catering para eventos: un aperitivo para quince personas y un banquete de boda para ciento cincuenta no tienen nada en común salvo que los sirve la misma cocina. Cuando los encargos difieren en tamaño, en material y en tiempo de trabajo, un número —o dos números con un guion en medio— no describe nada. Describe una media que no representa a nadie, y quien la lee lo nota: nadie confía en un precio que suena a que lo han calculado para que quepa todo.

El caso real en vez del número imposible

La salida no es forzar una horquilla más ancha hasta que quepan la balda y el armario a la vez: cuanto más ancha la haces, menos dice. La salida es dejar de enseñar un número y enseñar un encargo. Coges el trabajo más parecido al que sueles hacer —no el que más te gustó hacer, no el que más facturaste— y lo cuentas como si se lo explicaras a un vecino en la puerta del taller: qué pidieron, qué hiciste, cuánto tardó. Quien lo lee no sabe cuánto va a costar el suyo, pero sabe si su encargo se parece al que acaba de leer. Eso es lo único que necesita para decidir si te escribe o sigue mirando.

Un caso real ancla mejor que un rango porque no obliga a nadie a situarse entre un mínimo y un máximo que no entiende ni sabe interpretar. Solo tiene que comparar su encargo con el que le has contado, y eso lo sabe hacer cualquiera sin conocer tu oficio. Es la misma lógica de la vara de la lección segunda de este bloque: no enseñas la lista de cosas que cambian el precio, enseñas contra qué se mide. Aquí la vara tiene forma de encargo, no de frase suelta.

Horquilla o caso real: la herramienta cambia según cuánto varíen tus encargos
La horquilla (de X a Y)
  • Funciona cuando los encargos se parecen entre sí y solo cambia el tamaño
  • Da un mínimo y un máximo que cualquiera sabe situar
  • Se queda corta en cuanto aparece un encargo bastante fuera de lo normal
El caso real (un encargo contado entero)
  • Funciona cuando los encargos varían tanto que un rango no dice nada
  • No promete un número: promete un parecido
  • Necesita datos concretos —medida, material, tiempo— para no quedarse en anécdota
  • Sobra si tus encargos son casi todos iguales: ahí la horquilla se lee más rápido

Cual elijo: Si el encargo más caro que haces cuesta más de tres veces el más barato, olvida la horquilla y cuenta un caso: la distancia es tan grande que cualquier rango miente por un lado o por otro. Si la diferencia es menor que eso, la horquilla de la lección anterior sigue siendo la herramienta más rápida de leer, y no hace falta sustituirla por nada.

Qué caso cuentas, y cuál no

Aquí se comete un error caro casi siempre. Se elige el caso más barato para no espantar a nadie con la primera cifra que lean, o el más vistoso para presumir de lo mejor que se sabe hacer. Ninguno de los dos representa lo que de verdad vas a hacer la mayoría de las semanas del año.

El caso barato atrae a quien busca justo eso: lo mínimo, lo más sencillo, lo que menos compromiso pide. Te va a escribir pidiendo la balda cuando lo que tienes en la agenda cada semana es el armario, y vas a tener que explicarle por teléfono que aquello era la excepción, no la norma. El caso caro, el que enseñarías con orgullo en una feria del sector, hace justo lo contrario: aparta a quien sí encajaba, porque da por hecho que ese es el nivel de entrada para hablar contigo, y ni siquiera llega a escribir.

El caso típico no espanta ni malvende, y por eso es el que cuentas
Caso que enseñasA quién atraeQué entiende de tu precio
El más baratoA quien busca lo mínimo posibleQue todo cuesta parecido a eso
El más caroA casi nadie: se asusta antes de escribirQue no puede permitírselo
El más típicoA quien tiene un encargo parecido al habitualUn precio parecido al que le tocaría a él

El caso que sirve, entonces, es el típico: el que más se repite en tu agenda de los últimos meses, no el que más recuerdas con cariño ni el que más orgullo te dio terminar. Si dudas entre dos, cuenta cuántas veces has hecho cada uno este trimestre y gana el que tenga más marcas.

Cómo se cuenta

Un caso real se escribe con los mismos datos con los que lo pondrías en una factura, no con adjetivos. Nombra el objeto, la medida o la cantidad, el material si pesa en el resultado, y el tiempo que llevó de principio a fin. Cuantos más datos concretos pongas, menos falta hace añadir nada más para que suene serio: «un trabajo bonito y cuidado» no dice nada que un cliente pueda comparar con lo suyo, y «tres metros de armario en roble, cuatro semanas» sí.

Tampoco hace falta poner el precio de ese caso si no quieres. El caso ya cumple su función con solo describir el tamaño del encargo: quien lo lee entiende si el suyo es más grande, más pequeño o parecido, y eso ya le sirve para escribir con una expectativa razonable en la cabeza.

Cómo suena un caso real bien contado
Un encargo habitual: armario empotrado para un dormitorio de tres metros por dos veinte, puertas correderas en roble y interior forrado a medida. Desde que tomamos las medidas hasta que quedó instalado pasaron cuatro semanas.

El caso no es fijo para siempre. Si dentro de seis meses el encargo que más se repite ya no es el armario sino la reforma de cocina completa, cambias el caso por ese. No lo sustituyas por intuición ni porque un encargo reciente te haya gustado más: mira qué has hecho más veces en los últimos tres meses de agenda, y ese —solo ese— es el que cuentas.

Lo que te llevas
  • Cuando los encargos varían demasiado para una horquilla, cuentas un caso real en su lugar
  • El caso que eliges es el más típico de tu agenda, ni el más barato ni el más caro
  • Lo cuentas con datos de factura —objeto, medida, material, tiempo—, no con adjetivos
  • Lo revisas cada pocos meses y lo cambias si deja de ser el encargo habitual

Ponte a prueba

Responde antes de abrir cada una. Si alguna se te resiste, vuelve al apartado que la explica.

1. Un fisioterapeuta trata desde una contractura de cuello que resuelve en una sesión hasta una rehabilitación de rodilla de quince. ¿Pone una horquilla o cuenta un caso?

Cuenta un caso, porque quince sesiones frente a una es una diferencia de más de tres veces: una horquilla con esa amplitud no orienta a nadie. Elige el tratamiento que más repite en la agenda, ni la contractura de una sesión ni la rehabilitación larga, y lo describe con las sesiones y semanas que suele llevar.

2. Una diseñadora de interiores solo ha hecho dos proyectos grandes este año, dos reformas completas de vivienda de más de 40.000 euros cada una, aunque su día a día son asesorías puntuales de dos horas. ¿Qué caso cuenta?

La asesoría de dos horas, porque es la que se repite semana tras semana; las dos reformas grandes son la excepción de este año, y contarlas como caso típico atraería encargos de un tamaño que no puede sostener con esa frecuencia.

3. Un taller de reparación de bicicletas duda entre contar el ajuste de frenos, que es lo más barato que hace, o la puesta a punto completa, que es lo que más ingresos le deja. ¿Cuál escribe?

Ninguno de los dos: mira cuál de los dos repara más veces al mes y cuenta ese, aunque no sea ni el más barato ni el más rentable. El caso tiene que representar lo que ocurre más a menudo en el taller, no lo que más le conviene enseñar.

Elegir el caso más típico evita mentir sobre el precio, pero no evita que te escriba alguien al que nunca vas a poder aceptar; a ese hay que apartarlo antes, con una condición escrita junto al caso o la horquilla.

SiguienteEl cliente que te conviene perder