Nuevo en la biblioteca: Una reserva, dos cosas que tienen que estar libres a la vez. Leer el artículo
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Academia Construir WhatsApp y clientes

El mismo precio en la web y en el chat

Decides qué manda, la web o un libro de precios aparte, y dejas escrita la rutina de dos pasos para que el catálogo nunca diga un número distinto al del sitio.

8 min de lectura

Ya decidiste qué foto sube a cada ficha y cómo recortarla para el cuadrado de WhatsApp; ahora el problema no es la imagen, es el número que va justo debajo. Un cliente te escribe por WhatsApp preguntando por el corte de pelo con barba. Miras el catálogo y pone 18 euros. Pero en la web, esa misma semana, subiste el precio a 20 porque cambió el proveedor de productos. El cliente te enseña la captura del catálogo. Ahora eliges entre perder dinero o quedar como alguien que sube precios sin avisar.

No es un caso raro. Pasa cada vez que cambias un precio y se te olvida el catálogo, cada vez que hay una oferta de temporada, cada vez que entra un producto nuevo con un precio distinto al que alguien copió meses atrás. Cuanto más tiempo pasa entre los dos números, más clientes ven el desajuste antes que tú.

La duda no es cómo editar la ficha de cada producto, eso ya lo sabes hacer. La duda es de dónde sale ese número cada vez que lo escribes, y quién tiene permiso para cambiarlo, para que el catálogo nunca diga algo distinto de lo que dice la web.

Un número, un origen

Si el precio vive en dos sitios a la vez, la cabeza de quien atiende el chat, la web, un cuaderno detrás del mostrador, tarde o temprano dos de esos sitios dicen cosas distintas. No hace falta mala fe. Basta con cambiarlo en uno y olvidar el otro, o con que un empleado nuevo no sepa que esa semana subió el precio.

El catálogo se edita desde el teléfono que tiene abierta la cuenta de WhatsApp Business. Si en el negocio atienden varias personas pero el móvil con esa cuenta lo lleva solo una, esa persona es quien decide el número, no quien contesta el chat en cada turno. Mezclar las dos cosas, dejar que cualquiera que responda un mensaje cambie también el precio, es la puerta por la que entra el descuadre.

Hay negocios donde el precio no es un número fijo: un electricista que da presupuesto según la instalación, una diseñadora que cobra por proyecto. Ahí no hace falta inventar un precio cerrado en el catálogo. Se pone lo mismo que en la web, «desde 150€» o «presupuesto sin compromiso», y la cifra exacta se cierra por chat. Lo que no puede pasar es que la web diga «desde 150€» y el catálogo diga «desde 100€»: el suelo también tiene que coincidir.

La solución no es revisar los dos sitios cada vez que alguien pregunta. Es decidir cuál de los dos manda, y que el resto sea copia. Si manda la web, el catálogo copia de la web. Si llevas un libro de precios aparte, la web y el catálogo copian de ahí. Pero solo uno decide, nunca los dos a la vez.

Quién manda: la web o el libro de precios
La web manda
  • El precio que ves en la web es el real, siempre
  • El catálogo se actualiza copiando ese número, nunca al revés
  • No hace falta ningún documento adicional que mantener
  • Sirve para precio fijo y estable: peluquería, clases sueltas, alquiler de material
El libro de precios manda
  • Llevas un documento aparte, una hoja o una nota, con el precio de cada cosa
  • Cuando cambia, se actualiza ahí primero y desde ahí se copia a la web y al catálogo
  • Exige un paso más, pero separa la decisión del sitio donde se publica
  • Sirve cuando el precio depende de algo que se mueve antes de tocar la web: temporada, coste de un material, oferta puntual

Cual elijo: Si tu precio cambia pocas veces al año, que mande la web: es lo que ve todo el mundo y lo que menos se te olvida revisar. Si cambias precios cada mes o según la época, lleva un libro de precios aparte y que la web y el catálogo copien siempre de ahí.

Piensa en una escuela de surf que en julio y agosto sube el precio de la clase suelta porque hay lista de espera, y en octubre lo baja. Si esa escuela deja que mande la web, alguien tiene que acordarse de tocarla cada cambio de temporada, y mientras tanto el catálogo sigue con el precio de invierno. Con un libro de precios, la decisión de subir en julio se toma una vez, se anota, y de ahí sale tanto el texto de la web como la ficha del catálogo. El documento manda; la web y el catálogo solo enseñan lo que él dice.

Lo mismo pasa con los extras. Si el corte de pelo lleva un suplemento de 3€ por lavado con productos especiales, ese suplemento tiene que aparecer igual en los dos sitios, no solo el precio base. Un catálogo que solo enseña el número redondo y una web que detalla los extras acaba en la misma discusión: el cliente vio un precio y pagó otro.

Quién lo toca y cuándo

Elegido quién manda, falta la rutina para que el cambio llegue a los dos sitios el mismo día, no cuando haya un rato libre.

La rutina de cambiar un precio
  1. 1Se decide el número nuevo
    Lo decide una sola persona, el dueño del negocio o quien lleve los precios. No se decide sobre la marcha respondiendo a un cliente en el chat, ni porque un empleado crea que suena mejor un número redondo.
  2. 2Se cambia primero en la fuente
    Si manda la web, se edita ahí. Si manda el libro de precios, se edita ese documento antes de tocar la web.
  3. 3Se copia al catálogo el mismo día
    No se deja para cuando haya un rato. Un catálogo con el precio viejo durante una semana es una semana de citas mal cobradas o de clientes discutiendo con una captura en la mano.
  4. 4Se comprueban los dos a la vez
    Se abre la web y el catálogo en el móvil, uno al lado del otro, y se lee el mismo producto en los dos. Un minuto, y evita el problema entero.
Negociar el precio por el chat
Un cliente pregunta si puedes hacerle un precio mejor y, para no perderlo, le escribes por WhatsApp una cifra distinta a la del catálogo. Ese mensaje se puede reenviar, se puede enseñar a otro cliente, se puede guardar meses. El siguiente que pregunte llegará con esa captura en la mano, y entonces el precio real ya no es el que tú pusiste: es el más bajo que alguien consiguió por chat alguna vez. Si quieres hacer un descuento, dale fecha de caducidad y ponlo donde lo vea cualquiera, no lo dejes como una excepción hablada que solo existe en una conversación privada. Un descuento bien hecho se escribe en la propia ficha del catálogo, en el hueco de la descripción: «Corte y barba, 20€ — 16€ hasta el 30 de septiembre». Así lo ve cualquiera que abra el catálogo, no solo el cliente que preguntó por privado.
El mismo precio en los dos sitios
Web, ficha del servicio: «Corte y barba — 20€». Catálogo de WhatsApp Business, ficha del mismo producto: «Corte y barba, 20€. Incluye lavado y arreglo de cejas.» Mismo número, mismo texto de lo que incluye, escrito el mismo día en que se cambió en la web. Si el negocio tiene un segundo producto parecido, por ejemplo «Corte y barba con toalla caliente — 25€», ese también se revisa el mismo día, no la semana siguiente. Si en la web escribes «IVA incluido» junto al precio, escribe lo mismo en el catálogo: el criterio, precio final o precio más impuestos, tiene que ser el mismo en los dos sitios.

Con el precio resuelto, queda decidir cómo se llega hasta él: si el catálogo manda a preguntar o manda directo a comprar. De eso trata la siguiente lección.

Lo que te llevas
  • Decidido qué manda: la web o un libro de precios aparte
  • Escrita la rutina de cuatro pasos para cambiar un precio sin que el catálogo quede descolgado
  • El catálogo dice hoy lo mismo que la web

Ponte a prueba

Responde antes de abrir cada una. Si alguna se te resiste, vuelve al apartado que la explica.

1. Llevas una peluquería con precios que casi no cambian en el año y alguien te pregunta cómo evitar que catálogo y web se desincronicen. ¿Qué decides y por qué?

Que mande la web. Como el precio cambia poco, es más fácil acordarse de revisarla, y el catálogo copia de ahí siempre.

2. Vendes un producto cuyo coste de material sube y baja cada mes según el proveedor. ¿Dónde debe vivir el precio real?

En un libro de precios aparte, no en la web directamente. Se actualiza ahí primero, y desde ahí se copia tanto a la web como al catálogo.

3. Un cliente te enseña una captura de WhatsApp donde le prometiste un descuento que ya no existe. ¿Qué falló y qué harías distinto?

Se negoció el precio por el chat en vez de publicarlo como oferta con fecha y visible para todos. La próxima vez, cualquier rebaja se pone como oferta pública con caducidad, no como cifra hablada de forma puntual.

Arreglado el precio, queda el otro sitio donde puede estar mintiendo tu catálogo sin que lo sepas: los enlaces que todavía llevan al chat en vez de al catálogo.

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