El presupuesto caduca, o decide el cliente cuándo
Al terminar, cada presupuesto que mandas lleva una fecha límite escrita, y sabes cuántos días dar según lo que te juegues en cada tipo de encargo.
Con la señal ya decidida en el presupuesto, toca resolver la otra mitad del papel: hasta cuándo sigue en pie ese precio. Mandas un presupuesto el lunes. El cliente no contesta. El jueves te escribe: "nos interesa, ¿sigue en pie ese precio?". Y ahí te quedas parado: si dices que sí, no sabes si el material que cotizaste sigue costando lo mismo, ni si el hueco de agenda que le reservaste en tu cabeza sigue libre. Si dices que no, parece que estás inventando un cobro extra sobre la marcha.
El problema no es que el cliente tarde. Es que el presupuesto no dice hasta cuándo vale. Sin fecha, quien decide cuándo acaba la oferta es él, no tú — y suele decidirlo tarde, justo cuando ya no te conviene.
Por qué la fecha te protege a ti, no lo espanta a él
Ya decidiste cuánto pides de señal para arrancar un encargo a medida. Falta la otra mitad del mismo problema: hasta cuándo esa cifra sigue siendo la cifra.
Poner fecha de caducidad no es meter presión. Es informar. Un presupuesto sin fecha suena a promesa eterna; uno con fecha suena a lo que realmente es: una condición de hoy, con los precios y la disponibilidad de hoy.
Además te libra del recordatorio incómodo. No tienes que escribir "oye, ¿seguimos?" pasadas unas semanas — el documento ya lo dice por ti. Cuando caduca, caduca solo, y si el cliente vuelve, la conversación empieza limpia: ese precio era hasta tal día, te preparo uno nuevo con las condiciones de ahora.
Cuántos días dar, según qué vendes
El plazo no es el mismo para todos los oficios. Depende de qué parte del precio se te puede mover sin que tengas margen para absorberlo.
Si cotizas con materiales que compras por encargo — madera, tela, piezas concretas —, da pocos días: una semana es razonable, porque a ti también te puede subir el precio el proveedor en ese margen.
Si lo que vendes es solo tu trabajo — horas de reforma, una sesión, una consultoría —, el margen es tuyo, así que puedes permitirte más: dos, incluso cuatro semanas.
Si el presupuesto lleva una fecha concreta reservada — una boda, un evento, una entrega con día fijo —, la caducidad no es un número de días: es esa fecha. En cuanto otro cliente pueda ocupar el hueco, el presupuesto deja de tener sentido tal y como está escrito.
Qué haces el día que caduca
No escribes tú. El propio presupuesto, con su fecha puesta, ya lo ha dicho desde el primer día. Si el cliente aparece después, no partes de cero ni te disculpas por el cambio: repites la condición que ya estaba escrita y preparas uno nuevo, con el precio y el hueco de hoy.
La caducidad convierte una conversación incómoda — "esto ya no vale lo mismo" — en un hecho neutral que ya estaba pactado de antemano. No has cambiado de opinión: ha cambiado la fecha.
- Cada presupuesto que mandas lleva escrita una fecha límite de validez, no un precio abierto para siempre.
- Sabes cuántos días dar según lo que se te pueda mover: una semana con materiales por encargo, varias semanas si vendes solo tu trabajo, o la fecha exacta del evento si hay un hueco de agenda en juego.
- Cuando el cliente vuelve tarde, la respuesta ya está en el documento: no discutes, preparas uno nuevo.
- Lo siguiente: cuánto esperas antes de volver a escribir tú.