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La vara que mides, no la lista de cosas que influyen
Se lleva identificada la vara de su negocio: el único número que el cliente ya conoce de sí mismo y puede aplicarse sin preguntar.
Ya sabes que necesitas una variable con nombre propio y no una lista; el problema es que a la hora de escribirla en la ficha te sigue saliendo precisamente esa lista. Te sientas a escribir la ficha de tu negocio y te sale una lista de todo lo que hace que un trabajo cueste más o menos. Si pintas pisos: el tipo de pintura, la altura del techo, si hay que mover los muebles, si las paredes están agrietadas, cuántas manos hace falta dar. Cinco variables, cada una con su matiz, cada una moviendo el precio un poco.
Las metes todas en el texto y el resultado es un párrafo que nadie termina de leer. El cliente no necesita saber por qué varía tu precio. Necesita saber, con lo que ya sabe de su propia casa, en qué zona cae él.
Ya has decidido no poner un precio cerrado en la ficha, y en su lugar enseñas cómo trabajas. Pero esa explicación también necesita algo a lo que agarrarse. Sin un número, hasta el mejor texto flota.
Busca la vara, no la lista
Todas esas variables son reales. El tipo de pintura sí cambia el coste, la altura del techo también. Pero no hace falta que el cliente las conozca todas para saber si tu negocio es para él.
Hace falta que tenga una sola cifra que ya conoce, sin llamarte y sin medir nada especial: los metros cuadrados de su piso, los invitados de su boda, las horas que quiere de reportaje, los alumnos de su clase. Esa cifra es la vara.
Todo lo demás —la pintura, la altura, las manos de pintura— se queda dentro, ajustando el precio final, pero no sale a la ficha convertido en una lista de condiciones. La vara no elimina las demás variables: las esconde detrás de un número que el cliente ya trae puesto.
Qué hace que una vara sirva
Una vara sirve cuando pasa dos pruebas. La primera: ¿el cliente ya conoce este número antes de escribirte, o tiene que salir a medirlo? Los metros cuadrados de un piso los sabe cualquiera que lo haya alquilado; los invitados de una boda los sabe quien ya ha hecho la lista para el restaurante.
La segunda: ¿este número es, de hecho, lo que más mueve tu coste real? Si en tu taller lo que dispara las horas es la complejidad del diseño y no el tamaño de la pieza, poner el tamaño como vara reparte mal la cifra: parece exacta y no lo es.
Falla cualquiera de las dos pruebas y la vara no sirve, por bien que suene en la ficha.
Cuando ninguna vara sola basta
Hay negocios donde ninguna cifra sola explica el precio. Una reforma integral no cuesta lo mismo por metro cuadrado si hay que mover tuberías que si solo hay que cambiar azulejos. Ahí la vara no es un número: es una pregunta que el cliente responde con mirar su baño, sin necesidad de medir nada.
Esa pregunta separa a los clientes en dos grupos antes de que hablen contigo, y dentro de cada grupo ya puedes dar un rango por metro cuadrado que sí tiene sentido. La vara, en este caso, no mide una cantidad: filtra una situación. Sigue cumpliendo las dos pruebas —el cliente la conoce sin llamarte, y es lo que más mueve tu coste— aunque no se parezca a un metro ni a una hora.
nadie sale a buscar un dato solo para leer un precio orientativo
Lo secundario se dice después, no antes
La vara va en la primera línea, con el rango de precio pegado a ella. Las variables secundarias no desaparecen: se cuelgan detrás, en una frase corta, no en una lista con guiones.
Desde 3 euros por metro cuadrado, según el estado de la pared y si hay que mover muebles: esa frase cumple. El cliente ve primero el número que puede calcular con lo que ya sabe, y después entiende que ese número puede moverse un poco sin que la vara deje de servirle.
Si en cambio pones seis condiciones antes de dar la vara, has vuelto al párrafo que querías evitar. Con la vara puesta, queda decidir entre qué dos cifras se mueve exactamente ese rango: eso viene en la próxima lección.
- Tienes identificada la vara de tu negocio: el número que el cliente ya conoce sin preguntarte
- Sabes qué se queda escondido detrás de esa vara, en vez de convertido en una lista de condiciones
- Tienes escrita la frase de tu ficha con la vara delante y el matiz secundario después, no antes
Ponte a prueba
Responde antes de abrir cada una. Si alguna se te resiste, vuelve al apartado que la explica.
1. Reformas integrales de baño. Lo que más dispara las horas es si hay que mover tuberías, no los metros cuadrados del baño. ¿Sirven los metros cuadrados como vara?
No como vara principal: falla la segunda prueba, porque no es lo que más mueve el coste real. La vara es si hay que mover tuberías o no —el propio cliente lo sabe con solo mirar su baño— y los metros entran después, dentro de cada uno de esos dos grupos.
2. Catering para eventos con menús que van de 18 a 60 euros por persona según los platos. ¿El número de comensales sigue sirviendo como vara aunque el menú cambie tanto el precio final?
Sí, sigue sirviendo: el cliente ya sabe cuántos invitados tiene antes de escribir, y ese número es lo que más mueve los costes de producción y personal. El menú se queda detrás, como matiz: desde 18 euros por comensal, según el menú elegido.
3. Un cerrajero de urgencias que solo hace servicios de menos de una hora, casi siempre de noche, y en el que cada aviso es distinto. ¿Qué vara le sirve?
La franja horaria: es lo único que el cliente sabe con certeza al escribir —si son las tres de la madrugada, lo sabe— y es lo que más mueve el coste real de una urgencia. El tipo de cerradura se queda detrás, como matiz, no como vara.
Tener la vara no te dice todavía cómo anunciarla: si apenas se mueve de un cliente a otro puedes dar una sola cifra, pero si se dispara tienes que elegir entre un desde, un entre-y o el precio por vara.