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Lo que exiges para decir que sí, aunque ya sepas el precio
Al terminar tienes escrita, junto al precio de cada servicio, la condición distinta del dinero que debe cumplir el cliente antes de que le reserves hora.
Tienes el precio cerrado y no lo tocas. Aun así hay encargos que aceptas al precio justo y acabas perdiendo con ellos, y no es porque el cliente regatee.
Una peluquera cobra noventa euros por una corrección de color. El precio está bien puesto: cubre el tinte, el tiempo y el margen que necesita. Pero si el cliente llega con el pelo teñido con henna hace dos meses y ella no lo sabe hasta que lo tiene sentado en la silla, esos noventa euros no cubren las tres horas de más que hacen falta para que el tinte nuevo agarre sin quemar el pelo.
El precio no falló. Faltó otra cosa: algo que tenía que saber, o algo que el cliente tenía que traer, antes de decir que sí. A eso lo llamamos condición, y es distinta del precio aunque las dos se fijen en el mismo momento.
Este es el cliente que sí quieres —el de la lección anterior era el que convenía perder del todo—, pero solo si antes cumple algo que no tiene nada que ver con cuánto va a pagar.
La condición no es el precio: es el filtro de si puedes hacer el trabajo bien
El precio responde a una pregunta: cuánto vale esto. La condición responde a otra, y va antes: tengo lo que necesito para hacerlo sin que se me complique por el camino.
Puede ser información: una foto del pelo, o el historial de una lesión reciente. Puede ser un requisito material: acceso a la vivienda dos horas antes del evento, un mínimo de comensales, que el cliente aporte sus propios materiales, o el hueco medido en centímetros antes de dar un precio cerrado. En todos los casos el criterio para saber si merece la pena escribirla es el mismo: sin ella, ¿el trabajo te cuesta más tiempo, más riesgo o más vueltas de las que cobras? Si la respuesta es sí, es una condición real. Si la respuesta es «no, simplemente prefiero que sea así», es una preferencia tuya. Pídela si quieres, pero no la conviertas en condición de reserva.
Confundir las dos cosas sale caro por partida doble. Si conviertes una preferencia en condición, espantas a clientes buenos que no tenían por qué cumplirla para que les atiendas bien. Si dejas pasar una condición real como si fuera un capricho tuyo, sigues aceptando encargos que te cuestan más de lo que cobras, mes tras mes, sin saber por qué el margen no cuadra.
Se escribe en la ficha, antes de que pacten precio contigo
La condición no vale de nada si te la guardas para decirla por teléfono cuando ya casi has cerrado la cita. Para entonces el cliente ya se ha hecho a la idea de que esto va a pasar hoy, y pedirle entonces una foto o un informe suena a excusa de última hora, aunque sea justo lo contrario.
Va escrita en la ficha del servicio, junto al precio, con el mismo tono con el que pones el precio. Dilo sin necesidad de justificarlo: no hace falta explicar por qué pides el DNI para abrir una puerta, basta con pedirlo. El que lo entiende, lo trae. El que no lo entiende, se va antes de llegar a tu agenda, que es exactamente lo que quieres.
Si el cliente reserva y paga desde un enlace, la condición va antes del botón de pagar, no en un mensaje que le mandas después de cobrar. Cobrar primero y pedir la foto después invierte el orden: ya has aceptado el encargo, y lo que descubras a partir de ahí lo asumes tú.
Esto no sustituye al molde de ficha que ya viste para no escribir cada servicio desde cero: la condición es una línea más dentro de ese molde, la que va justo debajo del precio.
Una condición, como mucho dos: no la conviertas en una lista
Hay quien lee esto y quiere blindarse escribiendo cinco condiciones seguidas, una por cada mal cliente que recuerda. No lo hagas. Cada condición que añades es un motivo más para que alguien decida escribirle a otro que pide menos, y la mayoría de esos motivos no evitan nada: son miedo acumulado, no riesgo real.
Quédate con la que de verdad evita el problema caro —la foto, el informe, el DNI— y deja el resto para el trato normal con el cliente, cara a cara o por mensaje, donde también se puede decir que no sin necesidad de escribirlo en la ficha.
- Tienes escrita, junto al precio de cada servicio, la condición que debe cumplir el cliente antes de reservar.
- Sabes distinguir una condición real de una simple preferencia tuya, y no tratas la segunda como si fuera la primera.
- La condición está en la ficha y antes del botón de pagar, no en una llamada de última hora.
- Te quedas con una o dos condiciones como mucho, las que de verdad evitan el problema caro.
- Y algún día tú mismo querrás saltarte tu propia condición: cómo decidir si esa excepción vale la pena es la siguiente lección.
Ponte a prueba
Responde antes de abrir cada una. Si alguna se te resiste, vuelve al apartado que la explica.
1. Un entrenador personal recibe un mensaje: «Quiero apuntarme a las clases de martes y jueves, tuve una hernia hace un año pero ya estoy bien.» Todavía no tiene escrita ninguna condición para este caso. ¿Qué decide antes de confirmar la hora, y por qué?
No confirma la hora todavía. Pide el alta o un informe médico reciente antes de reservar, porque una hernia es justo el tipo de dato que cambia qué ejercicios le tocan y con qué carga; sin ese papel, si algo se agrava, el riesgo lo ha asumido el entrenador sin haberlo cotizado ni haberlo podido evitar a tiempo.
2. Una cerrajera exige DNI y una factura a nombre del cliente en esa dirección para abrir una vivienda. Un cliente habitual, al que ya le ha cambiado la cerradura dos veces, le dice: «ya me conoces, no hace falta que te lo enseñe otra vez.» ¿Mantiene la condición o la salta por esta vez?
La mantiene igual, sin excepción por historial. La condición no existe para protegerse de la desconfianza hacia ese cliente en concreto, existe para poder demostrar después que quien pidió abrir esa puerta tenía derecho a hacerlo; saltarla una vez la convierte en opcional para todos los que vengan después, y entonces ya no protege nada.
3. Una peluquera añade a su ficha: «no atiendo si vienes acompañado de niños pequeños, prefiero trabajar tranquila.» ¿Es una condición como la de la foto del pelo, o es otra cosa, y qué cambia según cómo la trate?
Es una preferencia, no una condición: si no se cumple, el trabajo no le sale ni más caro ni más arriesgado, solo le resulta menos cómodo. Puede pedirla con toda naturalidad, pero no debe exigirla con el mismo tono tajante con el que exige la foto del pelo, porque mezclar las dos hace que, con el tiempo, el cliente deje de distinguir cuál de sus reglas es la que de verdad no admite excepción.
Pero tarde o temprano alguien se salta una de tus reglas y tú quieres decir que sí de todas formas. Ahí no sirve la tripa ni el favor: hace falta un criterio que te diga cuándo esa excepción merece la pena y cuándo te sale más cara de lo que cobras.